Me advirtieron que no visitara, buscara o llamara a mis hijas durante las investigaciones para no “agravar la situación”

Durante las vacaciones de Navidad, llegó a este blog un nuevo testimonio de un hombre procedente de Perú. El maltrato a hombres no es un problema que sólo ocurre en España. Es interesante compartir este drama que parece cada vez más extendido y silenciado:

Soy padre de dos nenas y hace 4 años que no puedo verlas. ¿Por qué? Por una denuncia falsa realizada por su madre ante la Fiscalia de la Mujer en la ciudad de Arequipa (Perú). Ella adujo que padecía ciertos trastornos psicológicos y que acostumbraba a maltratar a las personas e incluso a mi madre (aprovechando que mi relación con mi madre no ha sido buena durante mucho tiempo).

Hace tres años y medio firmé un documento conciliador de forma voluntaria a favor de mis menores hijas. Se basa en dar un local comercial como anticipo de herencia a favor de ellas y como su albacea temporal de los alquileres recibidos y/o administración de ello a la madre de mis hijas, para su sustento diario, mejorando su calidad de vida. Este local comercial se valoró en 35.000 dólares americanos. La condición final en dicho documento es que se me permitiera verles diariamente sin restricción alguna aceptando ambas partes.

Sin embargo, sucedió algo inesperado: Un día recibí la llamada de la madre de mis hijas pidiendo que viajase y las trajese conmigo y que ella vendría a verlas cada dos días. Así lo hice: apenas las traje, las matriculé en un colegio, se les compro ropa y demás accesorios. Confié en aquella mujer sin ver sus malas intenciones, que esa semana había estado confabulando contra mi persona ante las autoridades correspondientes.

Lo planificó tan bien que solo se presentó al séptimo día, invitándonos a pasear con la mascota que trajo de regreso con nosotros. Su insistencia a ir por un paraje al que solíamos ir cuando éramos una familia no me hizo sospechar de sus intenciones, pues aprovechó con ayuda de agentes del orden (policías) y otras personas de su entorno para llevarse a mis princesas sin que yo me percatase. Cuando me di cuenta de ello, dejó de ser sólo un juego de escondidas sino que me las arrebató, quizás para siempre.

Corrí desesperado, preguntando a los transeúntes que por allí pasaban incluso a dos agentes de la policía que dijeron no haber visto a nadie. Caminé un poco más y regresé al lugar donde desaparecieron. Estos agentes ya no se encontraban ahí y continué con mi búsqueda, llamando vía telefónica a amigos, conocidos, familiares. Ninguno les había visto.

Me personé en la comisaria de Palacio Viejo, denunciando la desaparición y/o secuestro de mis hijas. La respuesta por parte del policía fue que la madre de mis hijas pidió que me retiraran a mis hijas, que yo le había cedido por motivos “que serán esclarecidos en el transcurso de los días por las entidades correspondientes”. Me advirtió que no visitara a las menores durante las investigaciones, ni que me acercara, las buscara o llamara para no “agravar la situación tan delicada” en la que me encontraba.

No entiendo por qué se nos priva del derecho de ser padres. En la actualidad, me encuentro arruinado. ¿No se dan cuenta del daño causado? Arruinado no sólo en lo familiar, sino también en lo material: en mi país –y quizás en el resto del mundo– es muy difícil conseguir un puesto laboral seguro y de calidad, sobre todo porque se da preferencia a la juventud. (…)

Yo aún tengo fe en que esta Navidad se me permita ver a mis preciosas niñas.

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